Adyashanti y la adicción espiritual

La adicción espiritual es como un péndulo, nos lleva a aferrarnos a “subidones espirituales” para luego pasar a los “bajones” y seguir queriendo consumir más experiencias “espirituales”, en un intento de “buscadores espirituales”. La adicción espiritual genera inestabilidad e intolerancia a todos aquellos que la persona no considere de “su mismo nivel de espiritualidad”. Todo aquello que deseamos buscar, siempre está en nuestro interior, así como delante de nuestros ojos. En la sencillez reside la esencia del espíritu, así como aquello espiritual en si.

En Reiki, la auténtica meta es conseguir cultivar un estado de “Ashin ritsumei” (en japonés), que significa “siempre en paz” (o estabilidad mental). Contra más complicaciones por el camino, más distracciones que entorpecen el cultivar, de forma sincera y sencilla, este estado natural de paz y armonía en uno mismo, que sin duda influenciará de manera muy beneficiosa a nuestro entorno. El gran cosmos siempre es un gran viaje hacia la armonía de todos sus seres:

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El siguiente extracto de texto es de Adyashanti – “La Danza del Vacío”:

La adicción espiritual:

Una persona espiritual se puede volver adicta a subidones espirituales, y de esa forma se pierde la experiencia de la Verdad. La adicción espiritual aparece cuando sucede algo estupendo y lo sientes igual que si estuvieses bajo el efecto de una fuerte droga. En cuanto lo obtienes, deseas más. No hay droga más potente que la experiencia espiritual. El componente intelectual de esta adicción te hace creer que si tuvieses suficientes experiencias de este tipo, te sentirías bien todo el tiempo. Es como la morfina. Cuando te rompes un brazo, recibes una dosis de morfina en el hospital y piensas: “Si me diesen una gotita permanentemente, la vida sería relativamente placentera, independientemente de lo que sucediera”. Las experiencias espirituales se convierten a menudo en esto, y la mente las clasifica según su patrón habitual: “Si tuviese esta experiencia todo el tiempo, sería libre”.

Enseguida te das cuenta de que tu estado no es mucho mejor que el de un simple borracho, con la excepción de que el borracho sabe que tiene un problema, pues el alcoholismo no está bien visto culturalmente. Una persona espiritual está convencida de que no tiene ningún problema, cree que su ebriedad es distinta de las demás y opina que la solución reside en seguir espiritualmente ebrio permanentemente. La mente de un adicto funciona así: “Lo conseguí y lo perdí. Lo necesito. No lo tengo”.

Nuestra cultura considera miserables a casi todas las personas que padecen alguna adicción. Pero en el mundo espiritual la cosa cambia. El buscador cree que la adicción espiritual es distinta de las demás. No se considera un yonki. Es un buscador espiritual.

Este problema perdurará mientras una parte de ti siga esperando el subidón de la experiencia. Cuando eso se empiece a desmoronar, verás que las experiencias agradables, maravillosas y estimulantes son como borracheras agradables y placenteras. Te sientes genial durante un breve período de tiempo y después experimentas la reacción contraria. El subidón de la experiencia espiritual va seguido del bajón espiritual. He podido comprobarlo en muchos estudiantes.

Cuando estas experiencias de subidones y bajones se suceden durante un tiempo suficientemente largo, empiezas a comprender que la experiencia del subidón no es más que un péndulo al que le sigue un bajón. Al alcanzar un momento ordinario, tal vez comprendas que los movimientos del péndulo son reacciones opuestas pero iguales. Verás que no se puede mantener un solo lado del movimiento pendular, pues su naturaleza le lleva a moverse de un lado a otro. No podrás detener el péndulo en ningún momento.

Este es el movimiento del buscador, pero también es el movimiento del yo, pues siempre está interesado en las reacciones opuestas y en las iguales, y siempre está intentando mantener una experiencia, evitando otras. Eso es lo que hace el yo. Persigue lo bueno y evita lo malo. Mientras la identidad siga ligada a este movimiento, aunque estés en un subidón espiritual que te parezca muy noble, nunca llegarás a ser libre. Así no podrás ser libre, pues no podrás mantener la experiencia. Por su propia naturaleza, la libertad no tiene nada que ver con el mantenimiento de una experiencia concreta, pues la naturaleza de la experiencia reside en el movimiento. Se mueve contínuamente, al igual que un reloj en marcha.

Tenemos que hablar del problema de la adicción espiritual, pues si no lo comprendes entenderás mi segundo punto como otro concepto espiritual de moda. Pero si entiendes la primera parte (que el despertar espiritual no tiene nada que ver con ninguna experienca de subidón), la segunda parte adquirirá más sentido y se volverá más interesante. La segunda parte es que todo es conciencia. Todo es Dios. Todo es Uno. Cuando veas que todo es Uno entenderás que esforzarse por mantener el movimiento pendular de la experiencia en un punto determinado es una pérdida de tiempo. Si todo es Uno, cuando el péndulo está arriba el Uno es el mismo que cuando está en cualquier otro lugar.

Los maestros Zen no explican nada en abstracto y esto impregna su enseñanza de belleza y de horror. Mi maestro lo explicaba sujetando su bastón y diciendo: “Buda es ésto”. Luego lo tiraba al suelo y todo el mundo pensaba: “Vaya, este zen es realmente salvaje. Me gustaría entender lo que dice”. Luego seguía estampando su bastón contra el suelo (bang, bang, bang, bang) y decía: “El zen es ésto. ¡Es ésto!”. Y todo el mundo reaccionaba: “¡Vaya!”. La gente se preguntaba: “¿Qué? ¿Dónde?”, pero nadie respondía. “No podía ser eso, pues eso no era más que un bastón golpeando contra el suelo”. Como la mente no cree que todo es Uno, sigue buscándolo: “¿Dónde está? ¿Qué estado es ese?”. Como el yo relaciona todas las cosas con su estado emocional, utiliza ese estado para distinguir lo que es verdadero. Cree que lo verdadero es siempre un estado emocional espiritualmente alto, pero el bastón que se golpea contra el suelo no conlleva ningún estado emocional alto a nivel espiritual. Y para empeorar las cosas y hacerlas más terribles, el maestro diría: “Ésta es una descripción concreta de la verdad. Esto es Buda. Esto no es abstracto”. Y entonces nos sentiríamos totalmente derrotados.

Recibir una enseñanza que insiste en que seamos concretos es una auténtica bendición, pues también podría haber dicho (como hago yo, a veces): “Todo es conciencia. Todo es Uno”. Entonces la mente piensa: “Ya lo tengo. Me quedo con eso. Sé lo que significa”. Pero cuando el maestro golpea un bastón contra el suelo y dice “¡es eso!”, la mente no es capaz de entenderlo. El golpe del bastón es la mayor muestra de Dios que podrás conseguir. Todo lo que le siga será una abstracción, un movimiento que se aleja del hecho. El zen no le otorga ninguna concesión a la abstracción. Esto implica, simultáneamente, el poder y la maldición del zen, pues los estudiantes se ven obligados a darse cuenta de lo verdadero, en vez de creer que entienden algo cuando en realidad no lo están entendiendo.

De este modo, el buscador espiritual se encuentra ante un dilema. Al ver que todo es el Uno, el yo empieza a buscar una experiencia de Unicidad. Entonces lee un libro acerca de una experiencia de Unicidad, ve una descripción de fusión y de perdida en la corteza de un árbol, o en otra parte, y se pone a buscar alguna experiencia similar en experiencias emocionales de su pasado.

La experiencia de fusión es agradable y hermosa, y quizá la hayas tenido. Algunos tipos de cuerpo-mente pueden experimentarla cada cinco minutos. Otros tipos de cuerpo-mente pueden experimentarlas cada cinco vidas. El hecho de haberla experimentado o no y el número de veces que la hayas experimentado carece de significado. Conozco mucha gente que consigue entrar en un estado de fusión el tiempo que tardas en quitarte el sombrero y, sin embargo, son igual de libres que un perro que se persigue la cola dentro de una jaula. La fusión no tiene nada que ver con la libertad no con la verdadera Unicidad. Ésta significa, simplemente, que todo es el Uno. Todo es Eso, y siempre fue Eso. Cuando entiendes realmente que todo es Uno, el yo deja de moverse buscando una experiencia pasada. El movimiento se interrumpe. La búsqueda se detiene. El buscador se para. La comprensión acaba con todo al mismo tiempo. Todas tus experiencias futuras serán el Uno, independientemente de que tu experiencia sea la fusión o las ganas de ir al servicio. Incluso cuando se trate de alguien golpeando un bastón contra el suelo y diciendo: “¡No te iluminarás más que ésto!”. Todo es Dios.

Esta comprensión suele surgir cuando el yo, que creía que la experiencia de la Unicidad estaba relacionada con un subidón del movimiento pendular, empieza a darse cuenta de las limitaciones de esa creencia. La experiencia de “lo tuve y lo perdí” es muy válida para el buscador espiritual. Lo hermoso de la experiencia del movimiento pendular es que obliga al yo a empezar a desprenderse de cualquier contexto conceptual relacionado con esa experiencia. Empiezas a cuestionarte si la cualidad de la experiencia de cualquier momento puede decirte algo de la naturaleza última de la realidad.

El yo personal cree que cuando se siente mejor está más cerca de su verdadera naturaleza y que cuando se siente mal está más lejos. Pero después de vivir en este movimiento de “lo tuve pero lo perdí”, al cabo del tiempo ese yo deja de creerse su engaño. Comienza a entrever algo, a reconocer que la libertad no consiste en eso.

Pero si el buscador está programado para creerse su engaño, oirá lo que estoy diciendo y pensará: “Olvídalo. Yo sigo creyendo que puedo sujetar el péndulo en una experiencia de subidón para quedarme ahí”. El buscador espiritual puede invertir toda su existencia y su identidad en esta experiencia pendular. Si ves que te has pasado la vida, y tal vez muchas vidas, intentando mantener tu experiencia en un estado emocional de subidón y sólo has conseguido volverte un yonki de experiencias espirituales, probablemente te sentirás desorientado. Si sientes esta intensa desorientación, tal vez intentes evitarla, pues el bsucador que hay en ti de repente no sabe qué hacer. Se siente muy confundido y se pregunta: “Si no intento alcanzar el estado de subidón para liberarme, ¿qué hago?”.

El buscador necesita quedarse en esa desorientación y en esa sensación de no saber qué hacer; cuando se queda ahí, sin resistirse ni alejarse, en ese momento nace algo nuevo. Observa tu experiencia para ver qué nace cuando te das la oportunidad de experimentar la desorientación del buscador espiritual que deja de buscar una experiencia distinta de la que ocurre en este preciso instante. Tal vez sientas que el bsucador se disuelve y que surge la paz, esa paz que estaba persiguiendo el buscador. Cuando el buscador se disuelve, nace la paz y surge la calma. No es una calma que dependa de ningún estado emocional. Cuando el buscador empiece a disolverse y surja la paz, ésta perdurará con independencia de cualquier estado, independientemente de que el péndulo se encamine hacia un estado espiritual de subidón, hacia un estado muy ordinario o, incluso, hacia un estado desagradable. Esto conforma el paso inicial necesario para comprender que la libertad sólo puede surgir cuando el buscador se disuelve, pues entonces deja de existir cualquier movimiento hacia la experiencia o en dirección contraria a la misma.

La naturaleza de la experiencia consiste en cambiar o agitarse como las olas del mar. Se supone que eso es lo que debe hacer. La identidad empieza a salir del “yo”, del buscador, para perseguir alguna experiencia en particular, hasta que llega, precisamente, a esto. Precisamente a esto. El centro está siempre aquí mismo. El centro ha estado aquí desde siempre. El buscador era el único que insistía en intentar llegar al centro de la experiencia espiritual del subidón. Pero cuando el buscador se disuelve podemos encontrar el centro aquí mismo, en t odo momento. Aquí no hay movimiento. Aunque tu experiencia emocional y psicológica sea muy ordinaria, infeliz o extraordinaria, el centro seguirá estando aquí mismo. Y sólo desde aquí podrás empezar a asimilar que todo es una expresión del centro. Todo. Ninguna expresión es más auténtica que otra, pues en su centro no existe buscador alguno. Aquí mismo no hay nada. Todo es Uno.

Descubrirás que en ese centro no hay ningún yo. Sin ese yo en el centro, nadie puede juzgar si una experiencia determinada es la adecuada o si es espiritual. ¿Lo entiendes? ¡Es esto mismo! Al golpear el bastón contra el suelo mi maestro estaba demostrando que todo surge del centro que no contiene nada. Todo es una expresión de ese centro y no hay nada separado de él. Si no lo puedes ver aquí, no lo verás en ningún otro sitio. Ésta es la Gran Liberación, el alivio de no tener que cambiar nada para llegar a la Tierra Prometida ni para descubrir la experiencia de la iluminación. La experiencia de la iluminación no implica cambio alguno. De hecho, esto te permitirá entender que la iluminación en sí no es una experiencia. Y no es el subidón de ningún estado espiritual.

Las experiencias, por tanto, no son más que expresiones de lo que no es una experiencia. Todo es eso, no existe nada más que eso y nunca hubo ninguna otra cosa. Esto es lo que conlleva saber que todo es Uno. Por esta razón, los sabios de todos los tiempos han dicho siempre que “la Tierra Prometida está aquí”. Esta Unicidad es Dios. Esto es el Uno. Es esto. No está en ninguna otra parte. Cuando veas que el centro está vacío y que no contiene a nadie intentando ser otra cosa, te darás cuenta de que es mucho mejor que el mayor subidón espiritual. La Verdad es igual de agradable, pero infinitamente más libre.

Adyashanti – ‘La Danza del Vacío

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Categorías Autoconocimiento, Energía, Meditación, Qigong, Reflexiones, Reiki, Yoga

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